Posted by on Nov 5, 2018 in Novedades | 0 comments

Hoy 5 de Noviembre de 2018, no pintaba ser para mí un buen día, y ya desde ayer -y desde hace días- se hacía sentir. Hoy se cumplen ya nueve años sin mi mamá.

Desperté enfrentando tal día que marcó mi existencia en 2009, y luego de dedicarle una sonrisa y un beso amoroso a su foto en ese estante -que debo limpiar más seguido- le dije algo tan tonto que resultó de más. Le dije, en un susurro “nunca te olvidaré”, cuando en realidad, no la olvido un instante. Así como no se puede hablar de “paternidad o maternidad” si no se conoce la experiencia, es imposible explicar lo que resulta para un hijo único varón, perder a su madre. Por supuesto, máxime aún si esa madre fue una excelente persona en la vida de su hijo. Es mi caso. Sin hermanos o hermanas, me tocó solo, y ni siquiera fue cómo cuando murió mi papá, más de quince años antes que ella lo siguiera, porque en ese momento la pérdida de mi padre se compartió precisamente con ella. Hace nueve años por supuesto me acompañaron mis hijos, honrando a su abuela y acompañando mi dolor, pero nada puede compararse. Al ser hijo único, no sólo ese día hace nueve años, perdí a mi mamá, sino que quedé definitivamente huérfano, ya en ese momento, sin vuelta atrás y de los dos seres que decidieron traerme a este mundo.

Volviendo al relato, el día hoy no pintaba bueno, y entonces…a media mañana, desayunando ya, me acerco a una ventana y ví algo increíble: uno de los cactus, de esos que me regalaron hace ya un tiempo, había dado una flor, una flor que ayer no estaba. Es la flor que están viendo en esta nota de mi blog.

Hace mucho tiempo atrás, antes de empezar a ilustrarme en esos campos de las energías, lo hubiera tomado como una casualidad o no hubiera reparado quizás en el hecho en sí. Hoy, el inusitado y explosivo nacimiento de esa flor, lo llamo una “sincronicidad”, un regalo del Universo, digitado por mi mamá que me devuelve la alegría, aunque la herida no cierre y desde la belleza de una flor como mensaje celestial a ese hijo único.

Gracias viejita. Gracias por educarme un ser luchador y gentil al mismo tiempo, sibarita en toda circunstancia independientemente de la pobreza o la riqueza material reinante, honesto en la amistad pero auténtico en la crítica, compañero permanente de mis hijos adorados, esos valores que al igual que a papá, los hace recordarlos cada instante, y también en quienes los conocieron en la actividad periodística y de los medios, como personas inolvidables y en especial “buenas personas”, generosas en su conocimiento.

Hoy, te honro una vez más y doy las gracias…y te extraño…tanto.

Junto a Clelia, mi madre y mis hijos Tammy y Sebas, en Neuquén, Patagonia Argentina, principios de los 90´s.