Posted by on Nov 17, 2018 in Novedades | 0 comments

Lo que tú crees que “todo el mundo dice” en las redes sociales solo se dice en tu muro. Un oscuro algoritmo de Inteligencia Aplicada (un robot en forma de software), construye un relato de la opinión pública distorsionado específicamente para ti.

No es solo lo que eliges seguir, que eso ya te delata. Es que el robot te sugiere contenidos y perfiles, te envía una alerta diciendo que tus amigos han compartido esto, y tú te sientes impelido a hacer lo mismo para sentirte parte de la manada. Lo inteligente es dudar de las propias convicciones. “Cuando las circunstancias cambian, yo cambio de opinión. ¿Usted qué hace?”, preguntaba Keynes. Pero el mundo digital nos vuelve inflexibles, tozudos, sectarios, porque los algoritmos detectan nuestros prejuicios y los alimentan todo el tiempo. ¿Es posible resistirse?

Somos “perros de Pávlov”, dice Jaron Lanier, el pensador más provocador de Silicon Valley. Las redes nos dan caramelos o carnaza, palos y zanahorias, para modificar nuestro comportamiento. En su beneficio y el de sus anunciantes, aunque “no está bien llamar publicidad a la manipulación directa de las personas”, escribe Lanier en un libro de título explícito: Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato. Estas aplicaciones, argumenta, están diseñadas para generar adicción. Y han desatado la radicalización que corroe las democracias, porque impulsan a los líderes “más agresivos, autoritarios, paranoicos y tribales”.

Confiesa Lanier que él mismo se volvió peor persona cuando ejerció de bloguero en el diario Huffington Post, obsesionado como estaba por los comentarios. En las redes, “las personas normales suelen transformarse en idiotas porque los idiotas reciben la máxima atención”. Incluso cree que Donald Trump es más peligroso por su compulsión tuitera: “No está actuando como la persona más poderosa del mundo, porque su adicción lo es más aún”. Así que hasta Trump, pobre, “es también una víctima”.

¿Demasiado catastrofismo? Sí, pero es oportuno el toque de atención. Explica Daniel Innerarity que hemos pasado muy rápido “del ciberentusiasmo a la tecnopreocupación”. De Internet iba a surgir la democracia directa y lo que sale es gente como Bolsonaro; igual que a los jóvenes de la Primavera Árabe que se levantaron por la libertad les cayeron dictaduras nuevas. Estamos en la fase de desilusión.

Quizás no haga falta que te borres de Facebook, Twitter o Instagram. ¿Y si haces el ejercicio de seguir a personas interesantes que discrepen abiertamente de tu visión del mundo? El verdadero diálogo, decía Bauman, es con los distintos a ti, lo otro es escuchar el eco de tu propia voz. ¿Seremos capaces de educar al algoritmo para que entienda que queremos mantener la mente abierta?

Sean Parker siempre fue un tipo polémico. No en vano fue el creador de Napster, la plataforma de descargas que segó los tobillos de la industria discográfica en los años noventa, ¿se acuerdan?. Cuando el pasado 8 de noviembre tomó la palabra en un acto de la firma Axios en Filadelfia para decir que se arrepentía de haber impulsado Facebook, echó un tronco más al fuego que viene quemando las redes sociales en 2017, su particular annus horribilis. Al fin y al cabo, él fue en 2004 el primer presidente de la plataforma que comanda Mark Zuckerberg. Explicó que para conseguir que la gente permaneciera mucho tiempo en la red, había que generar descargas de dopamina, pequeños instantes de felicidad; y que éstas vendrían de la mano de los me gusta de los amigos. “Eso explota una vulnerabilidad de la psicología humana”, afirmó. “Los inventores de esto, tanto yo, como Mark [Zuckerberg], como Kevin Systrom [Instagram] y toda esa gente, lo sabíamos. A pesar de ello, lo hicimos”.

Se acusa a Facebook y Twitter de haberse convertido en espacios que crispan el debate y lo contaminan con información falsa. Circula ya la idea de que hay que deshabituarse en el uso de unas plataformas diseñadas para que pasemos el máximo tiempo posible en ellas, que crean adicción; las redes (combinadas con el móvil) como invento contaminante, adictivo, el nuevo tabaco. Un problema de salud pública. Un problema de salud democrática.

Personas esclavizadas por su perfil, por la imagen que deben dar a sus seguidores; chicas adolescentes que con el paso del tiempo se fotografían cada vez con menos ropa en Instagram para conseguir más likes; otros adolescentes que no se despegan del teléfono por la cantidad de mensajes a los que se ven obligados a contestar y cuya amistad parece evaluarse en términos de rayitas que marcan sus interacciones en Snapchat. La lista de críticas al impacto social de estas plataformas es variada. Por el lado de “regular” (si aún se pudiera), se debería abogar por reducir por ley el tamaño de estos imperios: obligar a Google a que venda YouTube; a Facebook, a desprenderse de Instagram y WhatsApp; aplicar leyes de la competencia, redimensionar.

Hay quien dice, en fin, en un claro alarde de “optimismo antropológico”, que la gente progresivamente pasará de ellas como de la comida basura, optará por dedicar su tiempo de lectura a bocados más selectos.

Como siempre, todos los extremos, son malos. Es misión de cada uno romper su propia burbuja. En el mejor de los casos, con las redes sociales, debemos racionar su uso.

 

Fuente: El País